¿Quo Vadis, eSalud?

¿Quo Vadis? es una frase latina que significa “¿Adónde vas?”

Hace unos días Alfredo Alday a raíz del resumen del Informe SEIS comentaba que aunque la eSalud ya tenía una trayectoria en nuestro país con proyectos como la HCE, receta electrónica, imagen radiológica y telemedicina, además ofrecía otras posibilidades de prevención, atención en el hogar, gestión de la cronicidad, etc.

En estos días se han podido ver conceptos, proyectos y soluciones basadas en wearables e internet de las cosas, gamificación y salud 2.0, donde los pacientes usarían vestibles certificados como dispositivos médicos que les realizarían una monitorización cardiológica remota e inalámbrica, smartwatch que les facilitarían la adherencia al tratamiento, apps para detectar o gestionar enfermedades mientras juegan, o iniciativas para que todos los componentes del ecosistema sanitario (pacientes, profesionales médicos, comunicadores, gestores, tecnólogos…) impulsen de forma conjunta la salud digital.

La pregunta es: ¿Los proveedores de servicios de salud (públicos y privados) y la industria farmacéutica se encuentran cerca o lejos de esta tendencia? Al parecer y en vista de la cantidad de iniciativas de este tipo que conocemos se podría decir que están bastante lejos.

Satisfacción media con el SNS en función del gasto público. Fuente: La sanidad española en cifras. 2014.

Satisfacción media con el SNS en función del gasto público. Fuente: La sanidad española en cifras. 2014.

Lo cierto es que la industria tecnológica no va a cejar en su empeño de intentar cumplir la Ley de Moore y los emprendedores intentarán buscar un problema (o una solución) a la que poder aplicar las tecnologías con las que convivimos.  Y en el ámbito sanitario es cada vez más evidente que estas iniciativas no tendrán éxito si no son acompañadas de la experiencia y la orientación del usuario (paciente o profesional médico), con lo que cada vez nos encontraremos con menos buzzwords y tendremos, en cambio, más realidades difíciles de obviar.

En el otro lado de la ecuación se encuentran las precauciones, las limitaciones económicas y las dificultades de gestionar el cambio de las organizaciones sanitarias. Y es perfectamente entendible que se pidan evidencias clínicas, mediciones en los beneficios para la salud o datos que avalen los ahorros económicos. Al igual que es comprensible la reticencia de profesionales que pueden pensar que perderían su influencia sobre el paciente en un sistema sanitario que siempre ha funcionado igual.

Por eso, como dice Alfredo, la Administración Pública (70% de nuestros servicios de salud), a través de sus directivos y profesionales deben  formar parte del diseño de un nuevo modelo, antes que “otros” (el entrecomillado es mío) lo hagan por ellos y decidan guiados por motivos comerciales más que por criterios de calidad y equidad.

Y entre esos “otros” deberíamos incluir también a los pacientes que comprueban la gran cantidad de posibilidades tecnológicas que existen y que no van a estar dispuestos a verlas pasar de largo. Y a algunos profesionales médicos que no quieren ser un componente pasivo del cambio. Ambos utilizarán las tecnologías que estén a su alcance independientemente de que estén avaladas o no.

Esperemos que las organizaciones sanitarias cuando huyan de Roma* (¿Quo Vadis?), no se sorprendan al encontrarse de frente con la eHealth, porque no es sólo un debate tecnológico el que se está planteando sino, como muchas veces se ha dicho, de gestión (y del proceso) asistencial que tendrá que afrontarse tarde o temprano.

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